Una breve introducción a la lectura de Tabla Redonda

La falta de memoria nos ha condenado a la inmadurez; no nos conviene, es como un escollo. Es algo que creemos no necesitar para andar ligeros de equipaje

 Elisa Lerner

Tabla Redonda fue una revista cultural o de “artes y letras”, como la denominaban sus integrantes, que inició sus publicaciones en 1959 y las finalizó en 1965. En sus ediciones colaboraron mucho de los jóvenes artistas e intelectuales que se estaban colando en la escena cultural venezolana. Sus páginas fueron llenadas con poesía, cuentos y opiniones políticas y artísticas por autores o colaboradores jóvenes que estaban afiliados al Partido Comunista.

A pesar de que los autores que participaron en Tabla Redonda fueron muchos, podemos identificar al comité responsable de cada una de las publicaciones. Este estuvo integrado permanentemente por Arnaldo Acosta Bello, Manuel Caballero, Jesús Enrique Guédez, Rafael Cadenas, Darío Lancini y Jesús Sanoja Hernández, líder del grupo, “quién comprometió gran parte de su vida con la acción pública marxista y encabezó grupos, fundó publicaciones en el periodo álgido de la insurgencia castrista (…) muchas de carácter cultural” (Liscano, 296-297)[1]. A estos nombres se suman y restan otros a lo largo de la existencia de la revista.

El contenido que encontramos en Tabla Redonda reseña la escena cultural del país, pues, hay hombres y obras que vienen pidiendo paso y se da cuenta de ello en escritos como “¿Un nuevo teatro?”, de Emilio Santana; “Señal”, de Jesús Enrique Guédez; “Caminos de nuestra pintura”, de José Fernández Doris; “Tres opiniones del joven novelista Salvador Garmendia”, de Salvador Garmendia, entre otros. No solo se presta atención al ámbito artístico nacional, sino también al que traspasa las fronteras de Venezuela con “Jorge Rivadeneyra. La joven novela ecuatoriana”, de Rafael Cordero; “Zhivago – Pasternak”, de Teodoro Petkoff, entre otros. A su vez, dentro de Tabla Redonda se ejerce una fuerza creadora importante con la publicación de muchos poemas entre los que se destaca “Los cuadernos del destierro”, de Rafael Cadenas, –que Guillermo Sucre identifica como el “legado de su generación”­­­–[2] y la poesía de Jesús Sanoja Hernández “convulsionada, retorcida, pugnaba por arrancarle al lenguaje poético una expresividad que conjurara un sentimiento trágico de la vida, una tensión psíquica avizora con el telurismo, la aceptación de la realidad geográfica mítica” (Liscano, 297)[idem 1].

En el plano social y político nos encontramos con sucesos que marcaron la historia de Venezuela. En 1958 cae la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y 1959 no deja de ser un año acontecido antes de la entrada en circulación de Tabla Redonda, en mayo. El 23 de enero, a raíz de la celebración de la caída del régimen de Pérez Jiménez, un tal Fidel Castro realiza una visita a Venezuela y pronuncia tres discursos (en la Universidad Central de Venezuela, en la Plaza de El Silencio y en el Parlamento), a veintidós días del asalto al poder en Cuba del barbudo comandante mediante la lucha guerrillera, acontecimiento que “produjo efectos emocionales e ideológicos en toda América Latina” (Sanoja, 95)[3]. Además de la visita de aquel personaje, Rómulo Betancourt es proclamado presidente en febrero, derrotando a Wolfang Larrazabal, candidato apoyado por el partido con el que simpatizaban todos los integrantes de Tabla Redonda, el Partido Comunista.

Sanoja Hernández, en una de sus obras inéditas, hace una enunciación curiosa: “noviembre de 1960 encontró, pues al estudiantado, como en 1957, enfrentado al gobierno y tal esquema sería el que en la década regiría con fuerza incontenible” (143)[4]. Después de una lucha y defensa conjunta por la democracia en 1958 que aglutinó a demócratas de diversas ideologías existentes en Venezuela muchos se encontraron con que, luego de las elecciones, el poder no era ocupado por la figura de su preferencia. Esto, anudado a lo descrito en el párrafo anterior, trajo una fractura inevitable en aquella unidad de lucha inquebrantable por la democracia.

Las posturas de opinión e ideas dibujaron un cuadro muy heterogéneo: Guillermo Sucre, a pesar del perfil político que también tuvo la revista Sardio que él integraba y cuyo primer número corresponde con el año 1958, defendió la idea de el artista debe estar absolutamente inmerso en las exigencias del arte y de las poéticas; mientras Manuel Caballero, por el contrario, creyó en la idea de un artista comprometido. Juan Liscano, uno de los artistas más consolidados, que había acompañado secretarialmente a Rómulo Gallegos en su corto gobierno, polemiza con Manuel Caballero y con Tabla Redonda (Liscano, 4)[5], Arturo Uslar Pietri, por otra parte, ve con malos ojos los conceptos de revolución y revolucionario (4)[6] que tanto estuvieron de moda. Y esto son solo algunas evidencias que muestran la tensión de opiniones de ese momento.

Juan Calzadilla reafirma la influencia de todos estos eventos en el andar de los intelectuales al señalar lo siguiente: “la política imponía la primacía de su garra. Se pasa revista en las filas del arte para buscar revolucionarios” (XV)[7]. Se coincide en que los acontecimientos de esa época marcaron a los venezolanos, sobre todo a aquellos con sensibilidad artística. Todos estos episodios dibujan una escena atiborrada de sucesos en la que se puede leer y delimitar un período histórico que muchos han gustado de precisar y encajonar como la “época violenta”, tanto por el tipo de arte que se hacía en algunos casos, como por el encrispado ambiente político que imperó desde 1958.

Sin embargo, no todos se dejaron llevar por esa vehemencia. Un escudriñar más hondo devela que aunque la violencia tuvo una presencia muy marcada, hubo excepciones. Tal es el caso de Tabla Redonda, en gran parte, Crítica contemporánea, Sardio, y poetas que trabajaron de manera individual ya que no estaban afiliados a un grupo literario, como Alfredo Silva Estrada y Juan Sánchez Peláez, que aunque actuaran de manera solitaria, fueron reseñados por Tabla Redonda.

Se podría decir que el afán de delimitar a la década de los sesenta como la época de la violencia ha privado a varios autores y grupos de una difusión más activa, como el grupo capitaneado por Jesús Sanoja. No es cierto que es ignorado por completo su accionar, pero sí es evidente que hace falta un esfuerzo crítico que valore su andar. Las dificultades que puede encontrar el crítico dispuesto a hacerlo pueden ser muchas, pero la fundamental es el acceso al material. Mientras que se han hecho varias publicaciones de El Techo de la Ballena, a cargo de intelectuales de la talla de Ángel Rama, Juan Calzadilla y  Edmundo Aray, o se han puesto a disposición del público las publicaciones de Sardio, a través de Fundecem, no hay un medio de acceso amigable a las publicaciones de Tabla Redonda.

En este sentido, este proyecto de publicación adquiere una significación especial por ser el medio más viable, al momento de publicarse, de acceso a Tabla Redonda. Es importante recalcar el hecho que cualquier investigador que se quiera adentrar en la década de los sesenta, al menos en el cuadro artístico, no tendrá una visión completa sin la lectura de Tabla Redonda, que además de constituir una pieza fundamental del rompecabezas de esta década, es un repositorio de una parte importante del nacimiento de la democracia en Venezuela y el andar de los intelectuales en ese momento. Los textos publicados en la revista no solo nos hablan del vaivén artístico sino de la apreciación de hechos de otro orden, como la situación del Congo, por Darío Lancini, o la relación de la naciente democracia con la cultura, a través de episodios específicos como el reseñado por Rafael Cordero.

Este trabajo se inserta en el proyecto docente de investigación que viene liderando la profesora Camila Pulgar Machado con el apoyo fundamental de nosotros, pasantes académicos de la Escuela de Letras-UCV que obtenemos la licenciatura al participar en esta investigación llamada “Jesús Sanoja Hernández y la literatura”, procesando la matriz principal que es la producción literaria de Sanoja Hernández hallada en su archivo personal y luego consultado en instituciones como El Nacional o la Hemeroteca Nacional. Podría salir al paso la pregunta ¿para qué recuperar la literatura de Jesús Sanoja Hernández o, específicamente, Tabla Redonda? La respuesta aparece de inmediato a través de la lectura del trabajo de este venezolano: en toda la obra de Jesús Sanoja Hernández está una gran e importante parte de nuestra historia y, en el caso específico de Tabla Redonda, encontramos una porción de nuestra historia literaria a la que no se le ha hecho la justicia debida, y así surge esta iniciativa.  

David Tortosa

[1] Liscano, Juan. Panorama de literatura venezolana actual. España: Alfadil Ediciones, S.A, 1984.

[2] Sucre, Guillermo. Guillermo Sucre: "El legado de mi generación se llama Rafael Cadenas" por Hugo Prieto. Prodavinci. Agosto, 2016. Digital.

[3] Sanoja Hernández, Jesús. Entre Golpes y Revoluciones,  Tomo II. Caracas: Debate. 2007.

[4] Sanoja Hernández, Jesús. La universidad ¿culpable o víctima?. Caracas: Fondo Editorial Venezolano, 1967.

[5] Juan Liscano, "Tabla Redonda", Papel Literario de El Nacional, Caracas, 24 de septiembre, 1959.

[6] Uslar Pietri, Arturo. "Revolución o evolución" El Nacional, Caracas, 25 de mayo, 1959.

[7] VV. AA. El Techo de la Ballena, antología 1961-1969. Prólogo y notas de Juan Calzadilla. Caracas: Monte Ávila Editores, 2008.

El trabajo con el que inicia la recuperación de Tabla Redonda fue hecho por María Karina de Gouveia y Oswaldo Flores, ambos transcribieron los número de Tabla Redonda a los que se pudo acceder. Luego de esa transcripción, Yliana Rodríguez hizo un trabajo de corrección y edición de los textos que es la base de lo que se expone aquí. El trabajo de Yliana Rodríguez está disponible para su acceso en linea o descarga.

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