Tabla Redonda N°1
(Mayo de 1959)

"Por el ojo de una aguja acerca de Neruda"/ "Tres poetas. Paseo".

"Antonio Aparicio o el conformismo de la inconformidad".

"Tres Poetas. Un hombre cae".

"¿Inquisición para la cultura?".

"De la pintura como arma".

"Tres Poetas. La furia y el ángel (poema seis)".

"Defensa y repudio de Por arte de sol".

"¿Un nuevo teatro?".

"El Gran Burundún-Burundá ha muerto (fragmento)".

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Acosta Bello, Arnaldo. "Por el ojo de una aguja acerca de Neruda"

En el número 3-4 de la revista SARDIO, Guillermo Sucre[1] "sin asumir actitud de terrible justiciero" (son sus palabras) repite juicios sobre Neruda, de reconocida procedencia, todo para ofrecerle al gran poeta chileno "la hospitalidad y el diálogo con una generación que reconoce su grandeza".

Va equivocado Guillermo Sucre al convertirse en portavoz de no sé cuál generación. En primer lugar, las generaciones, tal como las conciben los "generacionistas", no son las que hacen la historia. El verdadero impulso, ya sabemos todos de donde viene y a hacia dónde va. Por otro lado, Neruda mantiene un diálogo incesante desde sus primeros poemas. Como diría Celaya:

"con corazón que pongo en hora con los astros cada día".

Eso es lo que no perdonan los detractores del chileno, ese acompasamiento con los grandes acontecimientos humanos, ese salir a tiempo con su poesía, ese levantarse temprano y acostarse tarde. Para Guillermo Sucre resultar una vida con demasiada "mise en scene".

 

No se nos oculta el verdadero móvil del ataque, cuyo rango guarda semejanza con los inútiles gritos de Paseyro, dudosos y de violenta hez.


La posición antinerudiana se cotiza bien en determinados mercados, es decir, se convierte en algo rentable, aún cuando para convencernos de lo contrario se nos diga que "a Neruda hay que juzgarlo por su obra". Eso mismo nos dice Paseyro, quien para más y mediocre abundamiento, publica un infortunado libro "El costado del fuego", cuyos poemas están escritos todos, en las páginas impares. Las páginas pares, o sea las de la izquierda, están en blanco. Tal es el desprecio que le merecen las izquierdas…

 

De reproche en reproche, el joven poeta y luchador democrático que es Guillermo Sucre, se va por un despeñadero cuando habla de la militancia política de Neruda y se refiere a ella llamándola "aparatosa, sectaria, siempre especular, que alcanza en ocasiones a devorarlo".

¿Neruda sectario? ¿Y el reconocimiento del poeta a Bolívar, y a todos los héroes americanos, al padre de Las Casas, su admiración por Lincoln, Sandino, Lorca, Machado, Góngora, etc., etc.? Si lo dicen por otra cosa, ya pueden quedarse esperando los elogios para los francos, somozas, trujillos, etc., etc.

Es obvio que la militancia política de Neruda le trae sus peores enemigos.

Al menos por ese lado le vienen apuntando hace tiempo.

Su obra poética, en muchos planos, está en los mismos niveles de las obras de otros grandes poetas, los cuales afortunadamente, han quedado más guarnecidos de las maledicencias. ¡Ahí están Lorca, Guillén, Alexandre, León Felipe y tantos!

El mismo Juan Ramón Jiménez que ha sido tomado como ariete para ir contra Neruda, apuntaba en una conferencia, leída por él en la Resistencia de Estudiantes, en Madrid, el 15 de junio de 1936 (vísperas de la guerra civil), lo siguiente: "Yo no sé decir si el estado normal del mundo, del mundo del hombre, de nuestro mundo, es la guerra o la paz" y más adelante agregaba: "creo seguramente que es la paz y que es necesario que se la paz; el empleo del  éxtasis dinámico, del hallazgo hermoso, el empleo del amor, el empleo de la vida en favor a la única libertad posible" y pocas líneas después, esto quedaba mejor expresado así: "quiero advertir que no me estoy refiriendo solo a esa paz interior, metafísica, sensual, mística, sino a la ambiente objetiva y propicia de todos los seres".

 

Se ataca a Neruda escogiendo el camino del facilismo. Con una apariencia cifrada en objetividad, imparcialidad, quilate interior, en dos palabras, "pesándolo en balanza de orfebre", se le señalan aspectos negativos, para luego afirmar: "todos estos rasgos negativos que señalamos, han hecho de Neruda un gran poeta" (?!!!) etc., etc. ¿Qué se hizo la vergüenza? Y es que por obra y gracia de esa magnífica serenidad interior desde cuya cima se pretende enjuiciar al resto de los hombres, nos puede acontecer lo que dice Gabriel Celaya en su sátira "el yoyo":

 

Me he sacado del bolsillo

mi falsa vida interior

si me descuido termino

por llamar Dios al reloj.

Acosta Bello, Arnaldo. "Tres poetas. Paseo"

1

Anda más de una amapola, más de un lucero a pie, calles como los vinos fragantes

y esquinas donde atracan los dolores del mundo, buenas para un adiós,

 

Casas de cambio

en donde los caballos duermen en los billetes y los senegaleses ven desde su estampilla

a la reina Isabel,

o a Margaret, entre cayenas de Trinidad. Desciendo por las cuestas.

¡Cuánto tarda el silencio!

 

Lloro las acacias floridas que encendían el fuego no como los mendigos,

sino como los héroes de la ciudad.

 

A estas mismas horas

las azucenas lanzaban su perfume como una mujer y el alma se teñía si topaba de pronto los claveles.

 

Las colinas se iban hacia el mar.

De rodilla en la tierra

Galipán fundaba sus duraznos y esparcía los cerezos.

 

Tal era el viento: cedros por el oeste y rosas por el sur.

 

Y el cielo enviaba sus aves como un viejo adalid.

¡Victoria para el canto glorioso de los niños

que por jugar perdían la oreja!

 

2

Nos toca la humillante estación:

polvo desnudo y cemento que se pega al alma, aún en mayo lloramos por la lluvia

y el ojo es un aljibe y la frente una nube.

Adiós, pequeñas casas en donde los abuelos temblaron.

1812 es mucho,

1948 también es mucho,

1959 es poco.

 

Lejos esté el minuto de dorada caoba,

lejos sus cuatro esquinas y las velas que arden

a la altura del hombro.

 

Llene mi taza el tiempo, mis piernas el paseo

Caballero, Manuel. "Antonio Aparicio[2] o el conformismo de la inconformidad"

Cuando se está obligado a llenar dos cuartillas diarias para un periódico, mal puede pretenderse profundidad, y el público que las lee en un atestado autobús tampoco está muy bien situado para exigirla. Pero un elemental sentido del ridículo impone a quien escribe para la prensa diaria revisar así sea una vez lo que se ha hecho antes de entregarlo al linotipo. Es de creer, sin embargo que el contradictorio artículo de Antonio Aparicio sobre “Los Hermanos Yerchov” aparecido en “El Nacional” no mereció siquiera esta ojeada mecánica. A veces quien se empeña en matar su pasado teme hasta mirar dos veces sus actos recientes, miedoso de encontrar que los fantasmas ríen como en una farsa medieval…

Aparicio habla horrores de un libro recién publicado en la URSS,  al tiempo que defiende airosamente al “Dr. Jivago”, un “libro, dígase de paso, del que millares de personas hablan mal sin haberlo leído”. Estamos francamente de acuerdo con el columnista de "Escrito sobre el aire"[3]: está muy mal hablar de un libro que no se conoce. Pero a condición que no se tengan dos pesos y dos medidas. Y el caso es que Aparicio no ha leído de Vselod Kotchekov. Lástima grande que por una involuntaria ironía del impositor, las dos columnas en que dividió su artículo hagan aparecer, una enfrente de la otra, la línea en que condena un procedimiento y la otra en que lo emplea.

Al afirmar que Aparicio no se ha leído el libro que comenta no nos fiamos al solo sentido común: aunque el libro no apareció aún en alguna traducción occidental completa y el ejemplar ruso no tiene tiempo de haber llegado a nuestras librerías —si no lo dice expresamente, de su artículo se deduce que está “en los primeros días de venta”— hagamos sin embargo al columnista la concesión de pensar que lo tiene en las manos. Pero todo indica que no lo ha abierto: se refiere  a un libro pero no habla de él, salvo para enhebrar las naderías habituales sobre la literatura soviética: “…estamos ante la peor especie de literatura: la literatura oficial, estimulada, patrocinada y divulgada por el aparato de propaganda del Estado”. “…todo lo que viene de arriba —Estado, Administración, Policía— es un dechado de perfecciones ante lo cual solo cabe la genuflexión reverente”. Hay algo más revelador: la lectura detenida del artículo nos hace ver el autor no tiene el hábito de frecuentar la literatura rusa.

Creemos que nada causa tanto mal a la literatura y el arte soviético como la defensa “á outrance” que algunos hacen de ella. Pero tampoco se pueden aceptar trivialidades como las que imprime Aparicio: “El Dr. Jivago (que) es, hoy por hoy, no ya la mejor, sino la única gran novela escrita en Rusia después de la desaparición de los grandes patriarcas de la novela del siglo diecinueve ruso, los Tolstoi, los Dostoiewski, los Gogol…”. “…el realismo socialista, un ismo estético-político —más lo segundo que lo primero— que ha tenido la virtud de impedir que en cuarenta años se produzca en Rusia un libro, un cuadro, un poema de auténticas calidades espirituales.”


Siempre es arriesgado hacer comparaciones entre diversas épocas históricas, aún si solo se trata de historia literaria. Pero al hacerlo se debería a menos guardar cierta relación temporal. Es fácil impresionar a quien solo conoce la literatura rusa de oídas citando a tambor batiente a Gogol, Dostoiewski y Tolstoi, sin precisar que entre el nacimiento del primero y la muerte del último transcurre exactamente un siglo. A la muerte de Gogol apenas sale Dostoiewski  de la adolescencia, y tiene por delante suyo los treinta años más fructíferos de su vida. Cierto tipo de polémica permite sin embargo acumularles para desgranarlos luego en letanía sobre el cadáver nonato de la literatura soviética. Porque Aparicio dice que en cuarenta años ese “ismo” vampiro ha impedido que se publique “un libro, un cuadro, un poema” que valga la pena de llamarse tal.

Los cuarenta años a que se refiere son ni más ni menos los comprendidos entre 1917 y el que vivimos. Hacia 1918 aparece “Los Doce” de Alejandro Blok, en 1924 “Mis Universidades” de Gorki, en ese año también los poemas de Esenin “Vieja Rusia Soviética”, y en 1925 “Cemento” de Gladkov. Entre esa fecha y 1935 aparecieron “Los Artamonov”, “Klim Samguine”, el poema “Macanudo” (la culpa de ese horrendo nombre es de la única traducción española del poema, cuya versión francesa tituló Elsa Triolet “Ca va”) y la serie “A voz en cuello” (“Vladimir Ilitch Lenin” había sido escrito un año antes). Saliendo de la literatura, digamos que también ese período es el de “El acorazado Potemkin”, de Einseistein y “La Madre” de Pudovkin.

Es cierto que no citamos ningún pintor, pero difícilmente se podría citar uno que pudiese equipararse a los “occidentales” en lo que va del Renacimiento a la Revolución de Octubre. Por su parte, Aparicio se cuida bien de decir “una pieza musical” junto a lo no producido por los creadores soviéticos son esos cuarenta horribles años de socialismo tan exaltado por algunos en sus mocedades y tan despreciados cuando la edad comienza a hacer temblar el pulso.


Es cierto también que la enumeración se detiene en 1935, año de los procesos de Moscú. Sería más papista que el Papa quien pretendiese negar el mal que ha hecho a la vida cultural soviética la rigidez impuesta por el culto a la personalidad de Stalin. No incurriremos en la defensa de lo indefendible, solo diremos que no es solo “el Culto” la causa: entre 1935 y 1953 se sitúa un terrible período de tensión que comprende, es tonto repetirlo pero a veces necesario, la preparación para la guerra, la guerra misma, la reconstrucción y la guerra fría. Y es bueno decir también que lo que se perdió entonces en profundidad se ganó en extensión, al punto que hoy cualquier libro publicado en la URSS cuenta desde el primer momento con un público de al menos cien mil lectores que lo discuten apasionadamente.

Evidentemente, al socialismo se le exige mucho, y eso es positivo y enorgullece. Por su parte, los países “occidentales” han producido bien poca cosa en esos 18 años que permita a “sus” críticos exigir tanto de los otros: todos los grandes poetas franceses, valga el ejemplo —Eluard y Aragon, Saint-John Perse y René Char, Breton o Claudel, sin hablar de Valery, Supervielle, Saint-Pol Roux o Reverdy— eran autores consagrados mucho antes de estallar la Segunda Guerra. Otro tanto puede decirse de los grandes novelistas norteamericanos —Faulkner y Hemingway, Dos Passos y Lewis—. Lo que tanto uno como otro país presentan más tarde, en el terreno de la novelística en particular pero también en el de la poesía, no es para enorgullecer a nadie: ni Truman Capote ni tan siquiera Norman Mailer pueden alcanzar la altura de sus mayores, ni en Francia misma la novela puede presentar otra cosa que un Albert Camus fatigando su prosa magistral en repetirse desoladoramente, mientras Malraux abandona el polvo imaginario de sus museos solo para entrar en los gabinetes del franquismo francés y proclamar, en el país de Descartes, el triunfo de lo irracional. Mientras Breton se empeña en reinventar el surrealismo, y se ejercita sorprendido a los lectores de “Combat” con el “miserabilismo”, no hablemos, perdone usted, de Francoise Sagan…


Aparicio habla de Pasternak como el único escritor digno de tal nombre existente en la URSS. No vamos a incurrir en su mismo error despedazando un libro que humildemente confesamos desconocer aún. No nos preciamos de  críticos literarios y poco nos gusta el libro que acompaña a un escándalo publicitario: solo hemos venido a leer a la Sagan dos años después que el “Prix des Critiques” la “lanzó” al mercado. Pero lo que sí negamos rotundamente es que el país de Mijail Sholojov carezca de otro novelista que Boris Pasternak. Novelas como “Campos roturados” y sobre todo “El Don apacible” resisten la comparación con no importan quién y con no importa qué época. Esto no es solo una opinión nuestra: es bien sabido que los académicos suecos le habían tenido en buen lugar de su lista para el Premio Nobel en varias oportunidades. Pero varios hechos militaban contra Sholojov: tal vez nadie había vapuleado tan vigorosamente los malos escritores soviéticos incrustados en la dirección de la Unión de Escritores, pero se había negado a ser instrumento de propaganda antisoviética. Había declarado que nadie podía obligarle a cantar loas al Partido ni a escribir de tal o cual manera, pero consideraba que el Partido formaba parte de sí mismo. Si su responsabilidad de creador negaba a quien fuese autoridad para llevarle la mano, también le imponía volcar sobre el papel lo que tan profundamente contenía, aún si eso debiera asustar a los estetas. En la primera ocasión en que se les presentó la candidatura Sholojov los académicos de Estocolmo se salieron por la tangente dándole el premio a Haldor Laxness, en la segunda hicieron otro tanto —matizando esta caso de escándalo político— dándoselo a Pasternak.

Quisiéramos concluir diciendo algo sobre cierto tipo de inconformismo que no es sino el más pedestre de los conformismos: todo lo que en la URSS se hace en el plano de la creación artística tiene que ser necesariamente digno de la hoguera, por ausencia de calidad estética. Esta actitud es tan infantil, tan poco seria y sobre todo tan perezosa como la diametralmente opuesta. Es tan risible subir a las nubes a Polevoi o a Simanov porque tienen varios premios Stalin y unos cuantos cientos de miles de lectores, como convertir al indigesto Dudintzev en un gran novelista “ante el cual solo cabe la genuflexión reverente”.

Cadenas, Rafael."Tres Poetas. Un hombre cae"

Un hombre cae allí

al lado de todos,

los ojos duros,

los labios helados,

los sitios que compartió,

oscuros, aquella noche suya en lo alto,

la frente con puñales, con estrellas, con sueño,

cerca de su final

y cae

en mis ojos,

en mis adioses,

en mi orilla sin retorno.

Un hombre,

mi mejor memoria,

mi ceniza,

mi yo muerto antes de su olvido

cae

sin saber

qué tinieblas súbitas lo seguían,

le espiaban los pasos,

la carne,

el mantel,

los siete días,

los saludos,

los huesos habituados

a la mañana, a su luz

hasta que el despertar

le cubre de sangre

su rostro lleno de paz,
su rostro sin minutos, sin libertad, sin voz.

Cae

En alguna parte de mí mismo

con su barro,

su crujir,

su grandeza

y mi ciudad levanta millares de brazos

para sembrar su muerte.

 

Enero de 1958

Cuando el Estado comienza a ponerle etiquetas a la cultura, cuando ensaya esa labor de dietista angustiado por la digestión del pueblo, entonces todo aquel que se sienta levemente indignado tiene el impostergable deber de levantarse y protestar, no importa hasta cuánto se oiga esa protesta; teoricismo o no, está más que demostrado que todo lo que ha pretendido convertirse en filtro interesado en la cultura ha terminado por estrechar demasiado los poros y caer en el dique de la descarada represión que en el medioevo se llamó Tribunal del Santo Oficio o Índice y que ahora en Venezuela; ¡en plena democrática contienda! Y con mucho menos esplendor, se llama Ministerio de Relaciones Interiores.

Es obvio que quien maneja esa Cartera ministerial[4] ignora qué es el arte del espectáculo, cuál ha sido su desarrollo, cuál su presente ejercicio creador y más aún su proyección como vehículo decisivo en la educación popular; seguramente tampoco vio, ¡qué iba a ver!, en el pasado festival del cine ruso la cinta "Gente de circo", donde los soviéticos nos demostraron cómo han incorporado al espectáculo circense elementos creadores y lo han desbastado de ese triste cariz  en que siempre nos llegaba, cargado de leones viejos y payasos tontos. Por todo eso le resultó tan de rutina colocar un infeliz NO allí donde se pedía el visado para la entrada del Circo Chino, un espectáculo que ha recorrido el continente despertando una salva de aprobación, que en países como Argentina culminó con una delirante despedida.

También se sobreentiende lo que no vio el ministro[5]: que su beotismo ordinario implica un ultraje al derecho que tiene nuestro pueblo de diversificar su culturización, el mismo pueblo que ha creado un gobierno de intachable autenticidad democrática, en el cual este señor detenta un grado ministerial. Las causas, ni qué decirlas: sin embargo, nombrémoslas con la pereza con que se insiste en las cosas resabidas: la gente del Circo Chino es oriunda de un país que tiene un plano de fundación socialista en el imponderable progreso material y espiritual en que se ha empeñado. Así todo resulta comprensible; porque  puede ser el anticomunismo que rebasa los bordes de lo ideológico para justificarse en el campo de la patología endocrina o una doméstica solicitud por hacerlo todo bien mientras los señores de la casa se permiten disfrutar insólitas creaciones del Bolshoi. Naturalmente, hay manjares que solo se sirven en la mesa de los amos.

El mismo coraje que gastamos ahora para patentizar nuestro profundo disgusto se parece, punto por punto, al que emplearíamos en sostener una actitud similar en caso de que existiera algún día en esta América tan llena de sorpresas un régimen en que se le escamoteara la entrada al Ballet de San Francisco, a la Filarmónica de Nueva York o a algunos de esos ricos y exóticos grupos teatrales de la pequeña parcela asiática que Chiang Kai Shek cuida para los poderosos del norte.

Lancini, Darío. "De la pintura como arma"

"No, la pintura no ha sido hecha para decorar apartamentos. Ella es un arma de guerra, para atacar y defenderse del enemigo" 

Al observar por última vez las obras expuestas en el XX Salón, asaltó nuestra mente esta definición de la pintura hecha por Picasso, trayendo consigo una inevitable interrogante: ¿a quién ataca o defiende la pintura venezolana? Porque el quehacer artístico, para el pintor, no puede definirse sino como un desafío a la muerte, y en consecuencia, como una defensa incondicional de la vida. Pintar significa fundamentalmente fijar posición, tomar partido, hacer militancia activa al lado de la vida. Ser artista significa necesariamente ser beligerante, poner en discusión las sinrazones de lo perecedero y ser el guardián de todo nacimiento. Significa discriminar sin titubeos lo justo de lo injusto, la bondad de la maldad.

Crear no es nunca incompatible con la indiferencia. Puede ser constante agonía, que no es otra cosa que afirmar la vida, pero jamás tranquilidad de aguas estancadas. Solo los necios justifican sus andanzas por museos y salones como una manera de distracción, de goce estéril. Ninguna manifestación espiritual de un pueblo tiene justificación en los listados de pensamiento. Pero tampoco puede la creación artística justificarse por el talento puro, la maestría o la sabiduría técnicas. No puede valorarse la evolución de la pintura nacional por el simple comercio de los elementos formales, sin caer en el recuento anecdótico, estadístico, de influencias estéticas foráneas. Y hasta el presente, ha sido ésta la característica de los salones de pintura: una espléndida feria iluminada por fuegos artificiales. Salas abarrotadas de productos "líricamente" sazonados. Fórmulas mágicas elaboradas en farmacias europeas, compitiendo con las recetas de los aquelarres criollos del naturalismo. Se derrocha talento en alardes de virtuosismo, sin otro fin que la ostentación de las facultades creadoras. Mientras tanto, el espíritu de Reverón, a solas con su "desvarío", huye de los salones sin haber encontrado su propia huella. Su hermano de otras tierras, Vicente Van Gogh, no ha encontrado quien sepa recoger con las manos la luz de su hacer en lámpara. De esta manera, la gente que visita los salones, sale de ellos sin haber encontrado en las obras de arte, la defensa y el aliento buscados para proseguir su destino de seres humanos. Porque, repetimos con el autor de "Guernica", hacer arte es en última instancia defender la vida para vencer a la muerte.

Surge entonces una nueva interrogante: ¿qué esperar de una pintura que toma como fin su propio eco y no la expresión honda y cabal de los conflictos del hombre? ¿Qué esperar de un arte que vacila entre la disyuntiva del hombre frente a la emergencia o a la aniquilación de las cosas? Creamos que hay mucho por esperar. Porque en el seno de esa pintura que hasta el presente ha culminado en  los salones oficiales, atacada por el mal de la indiferencia, se incuba el germen renovador. Y no puede ser de otra manera. Solo los individuos se dan muerte de propia mano; el suicidio no es nunca un fenómeno colectivo, y el arte tiene raíz social, colectiva. Entonces ¿el camino a seguir? Innumerables son los caminos de la vida y ésos son los únicos caminos del arte. En cambio, la muerte solo tiene un camino y todo hombre lo sabe. Basta con no olvidar una cosa: la vida universal no nace y muere en las estrechas fronteras de un cerebro o de un corazón, sino que, por el contrario, ella es quien nutre la existencia de aquéllos. Se inventa, se padece y se canta al propio ritmo de la vida.


Si cierto es que los caminos son tantos como artistas existan para emprenderlos, más cierto es que quienes decidan andarlos deben tener una sola actitud: la de leales centinelas del hombre. Solo el amor entrañable a todo lo que vive y el odio intransigente a la muerte, hará que nuestra pintura palpite al ritmo del espíritu colectivo. Los sueños del hombre se verán entonces defendidos haciendo retroceder las sombras ante las fortalezas del arte. La gente irá entonces a los salones, no a estrangular el tedio, sino, como nos decía un amigo pintor, a estrechar la mano calurosa del amigo.

Muñoz, Rafael José. "Tres Poetas. La furia y el ángel (poema seis)"

¡Ah! Bien sé, solo los árboles en

esta patria llena de llanto

pueden sonar aquí tan duros cuernos,

pueden mostrar naranjos y follajes

y ríos subterráneos y cavernas

luminosas cual lentas madrugadas,

solo aquí, en la remota isla

donde los muertos levantan palmas

desde el amanecer, y entre fulgores

de hojas extrañas y entre corrientes

de un aire antiguo danzan y lloran,

solo aquí no se escucha nada,

¡oh! Ángel de fuego,¡oh, ángel mío!

Sanoja Hernández, Jesús. "Defensa y repudio de Por arte de sol” [6]

A mayor intento, al instante en que quiso consolidarse y tomar altura, el idioma gerbasiano, dotado de amplios poderes en la gobernación poética venezolana, decayó, retrocedió, amurallándose dentro de su propia magia, pero sin el privilegio de extenderse hacia los lados. "Por arte de sol" es eso: versión informal y tardía de una eficacia expresiva en Gerbasi —la sencillez cromática, el giro físico, brillante; la avidez; un paisaje visto a lo profundo—, que en esta vuelta se hace enumerativo, ajeno al magnetismo, conciliador con las corrientes de amistades poéticas que todo lo aplauden.

Dentro de la crítica usual en el país, elogiosa en la crónica escrita y feroz en el parlamento, y desde hace algún tiempo, se venía repitiendo que Gerbasi había entrado a su reino particular, algo así como una bien dispuesta arquitectura del trópico donde residía un equitativo reparto de colores, animales y frutos. Que había ganado título de folklorista y pinturero, pero que su habilidad en la creación amenazaba agotamiento.

Hubo quienes vetamos esta tesis, no porque no avizorábamos el peligro y sí porque teníamos claro que una crítica así colindada con la más central de las políticas literarias del día, obligadas para con tendencias que buscaban introducirse tras las traducciones francesas de los nuevos consagrados.

Veíamos a Gerbasi —aquél que nos diera "Mi Padre, el inmigrante"—, el rescatador de potencialidades, símbolos, realidades, de una poesía que luego del gran fracaso del nativismo y la monotonía criollizante, renacía y se adueñaba de una palabra caudillesca, de orgullosa madurez, filtrada ya de rilkismos y fugas creacionistas. Veíamos un Gerbasi de serena lucidez y perfecta metafísica.

Para nuestro infortunio, ahora la capilla gerbasiana habrá de dividir su fervor religioso: aquellos que no se atreverán a objetarle el inmovilismo estético y estos que le harán —en su grupo formamos— una llamada al orden poético en el momento más necesario. Frente a los dos bandos, quedarán siempre los irreductibles, gozosos con la resonancia del suceso.


"Por arte del sol" arrecia una serie de defectos de la obra anterior de Gerbasi sin lograr un reglamento interior para las inmensas virtudes de su alquimia, salvo —y en eso somos tajantes— en esos tres extraños poemas que son "La Llave", "Tablero de Ajedrez" y "El Mar", especie de cierre desesperado a un libro que iba a morir en la repetición, en la usura verbal.

Decimos que Gerbasi ha persistido en las fallas —y que no en la belleza— de su impresionismo tropical, de su folklore llevado a esquema. Vicente hace el repaso en esta obra — ¡qué lejos de aquel misterio de la noche, de la vecindad y la ausencia del hombre! —, de palmeras, aves migratorias, naranjos, gallos, cafetales, sin que logre ensanche del pensamiento y sin que asome la posibilidad de una asociación y de una inquietud más profunda. Se vuelve descriptivo, se deja vencer por la fijación de un recuerdo: ni le gusta y exprime, ni le da batalla de amorosa creación. Simplemente lo expone, como si fuera un maestro que ante el niño se ufana de una sencillez, que al extremarse o al prodigarse, suena un poco a demagogia.

En "Bosque Doliente" había situación. Una pregunta, un soberbio ¿qué? El hombre, a veces solo, más allá confundido con el mundo, libraba un desarrollo metafísico, y era, sufría, gozaba, al lado de lo físico. Allí Gerbasi era un "aprendiz de secretos", es verdad que escamoteados a influencias conocidas en uno que otro verso, pero firme en su voluntad de descifrarlos y ponerlos a andar.

Y ¿"Mi Padre, el inmigrante"? La revelación. Con eso basta, sobra. La noche y la luz, el tamarindo, la zona tórrida, el destino, los orígenes, todo es vasto y lleno de una angustia formal que no cede. ¿Dónde está allí la estampa fija, el cromo, el recuerdo que bien podría tomarse unas vacaciones por la prosa? En ninguno de los costados. El tigre y el tabaco, las flores lilas, cierta influencia de una imagen italiana, la estación reverberante, los elementos — ¡el mundo, la plenitud del mundo en el escenario tropical!—, eran en el Gerbasi de este tiempo una transformación, una violenta operación creativa. Todo lo opuesto al signo convencional.

En "Los espacios cálidos" comienza la tendencia. En vez de la fuerza adquirida convertir su poderío en estructura, en algo que precisara el alcance de la poesía gerbasiana, partió el empuje y dejó correr afluentes por el amaneramiento y el facilismo, por el exceso y la repetición. Sin embargo, la esperanza de que la mano de Gerbasi, tan ejercitada ya, dueña de un ciclo no visto en la poesía actual venezolana, tocara el trofeo, se adueñara de él, no desaparecía.

Y entonces vino "Por arte del sol". Gran dolor para quienes no juzgamos en términos matemáticos el aliento poético y, sin embargo, nos vemos obligados a utilizarlos. Porque "Por arte del sol" liquida la proporcionalidad entre la pureza trascendente del mejor poeta venezolano y su propensión al lenguaje estacionario, y la líquida, he allí lo grave, a favor del último elemento.

Esta es nuestra defensa —la de un Gerbasi que por fortuna no triunfa en concursos y academias— y nuestro repudio. De donde pudo extraer lo mejor de su obra, apenas si mostró la infelicidad de un esfuerzo demasiado doméstico y alabado.

Santana, Emilio. "¿Un nuevo teatro?”

Dentro de la creación teatral que últimamente se ha llevado a las tablas en los teatros caraqueños, se nota de manera indiscutible, cierta tendencia al trabajo escénico que parte de un fenómeno de la concepción dramática, alejado de los trillados campos del realismo o el costumbrismo propios de los viejos escritores que estrenaban sus piezas en el Teatro Caracas y el Teatro Nacional.

 

Se podría entender que todas estas obras teatrales presentan diferencias ostensibles entre sí, pero es inobjetable que a la larga muestran cierta afinidad en lo que se refiere a la forma, si no en los objetivos.

Recordemos, por ejemplo "Intervalo" de Elizabeth Schön[7], farsa dramática que fue tildada por todos de intelectual y de poco accesible al público de escasa formación. En aquella obra se hablaba en metáforas y se presentaba en símbolos. La atmósfera aparecía pastosa y más bien oscura. En dos palabras, se tendía al estilo o movimiento que sustentan Becket en "Esperando a Godot". Uslar Pietri, primero con "El Dios Invisible"[8] y luego con el montaje de "Antero Albán"[9], mostró su predilección por cierto tipo de teatro intelectual, estructurado en base a diálogos un tanto fuera de la conversación corriente y más bien emparentada con el habla sublime. Más adelante en "Chuo Gil"[10] vemos a Uslar Pietri convertido en un dramaturgo, porque considérese buena o deficiente su obra, lo cierto es que lo que ofrece al espectador es su indiscutible primera pieza teatral. Aquí se nota también un tipo de arte de concepción elegante que evita lo cotidiano, lo banal. Se busca una síntesis. Sin embargo, diríase que aún no ha cuajado el estilo, aunque muchos coincidan en afirmar que se le adivina en algunos giros originales.

Román Chalbaud escribe por su parte un "Requiem para un eclipse"[11], que no obstante crea un movimiento que se niega a reconocer méritos, obliga a otros —unos pocos— a opinar que detrás de ese lenguaje se perciben claramente indicios anunciadores de una nueva forma de "decir" en el teatro. Después de todo, los poetas intentan hablar de un lenguaje distinto y la novela busca otro ropaje. Entones ¿por qué criticar al dramaturgo en sus búsquedas? Eso mismo pensó sin duda Ida Gramcko cuando penetró al mundo del teatro [12]. Sus obras no podían adaptarse o ceñirse a los cánones o experiencias tradicionales. Por eso fue tras algo nuevo que le ha valido más de un reproche.

 

Así, podría hablarse de otros cuantos intensos que desean —y lo han logrado en algunos casos— romper con cuestiones superadas por el pensamiento. Ahora bien, avancemos nosotros una transitoria conclusión. Por una parte, hagamos abstracción de éxito o fracaso de los objetivos propuestos por estos autores. Digamos que aunque en la mayoría de las tentativas todavía no se ha percibido un despertar violento y convincente, ya aparece como signo profético y soñador, el hecho de que todos tratan de revolucionar. Lo que sí será importante  es que la búsqueda de estos nuevos lenguajes y atmósferas no aniquile la preocupación social y revolucionaria. Porque entonces —por desgracia— se  estará retrocediendo.

“La otra generación es el mejor título para estos grupos que consumen la edad del sueño en compromisos y destierros, no salvándose de ellos ni en el momento del cruce.” Jesús Sanoja Hernández - "Adriano, la otra generación"

Ninguna crónica de la gloria de sus actos, sería tan convincente ante las generaciones venideras como la minuciosa y verídica descripción del cortejo que ponderó su poder en la hora de su muerte.

Pues cada uno de los pasos de aquella lujosa y luctuosa procesión, obra fue de su ingenio, símbolo de sus designios, eco de su insigne borborigmo.

A las dos de la tarde, las Iglesias Unidas dieron fin a su muda disputa de símbolos y ritos con una bendición unánime sobre su ataúd de plomo.

Que bajó entonces las escalinatas de la Basílica Unionista sobre los enlutados hombros de la Administración.

Lo colocaron en el carruaje, pesado de alegorías pero aligerado por cabeceantes penachos.

Los Consejos Supremos cerraron la puerta de biselados cristales.

El Canciller, embarazado en su rígida dalmática de vitela, dio la orden de marcha con el "toc" de su bastonzuelo de plata.

 

       Se inició del desfile varios kilómetros más allá de la Basílica. ¡Tan extenso era el poder del Difunto! ¡Y tan diversos los signos de su mando!

       Pero antes de describir esta marcha, esta marcha triunfal y fúnebre, hay que decir —para que toda la verdad resplandezca— que también la naturaleza se hallaba de luto. Sobre la avenida más ancha y más larga del mundo —trescientos ochenta metros de lo primero, ciento dieciséis kilómetros de lo segundo, para ser exactos— cernióse todo aquel día una incontinente llovizna. Y se humilló el cielo en sus nubes hasta confundir las fuentes del agua pura con el hollín de las chimeneas y con el grasoso mador que exhala el cubil de los hombres.

       La altanería del hedor urbano y el vejamen del cielo, se confabularon, pues, para fraguar una especie de blando y hediondo túnel sobre la avenida más ancha y más larga del mundo.

       A lo largo de la cual, a las dos de la tarde, comenzó a abrirse lento y mudo paso el luctuoso, el lujoso cortejo fúnebre.

       A cuya cabeza andaba el Cuerpo de Zapadores.

       (Comienza a revelarse aquí el genio del Extinto: sublime modismo, pasmo del buen sentido, padre de la concordancia). Sus Zapadores tenían por rostro una atrufada jeta de cerdo, sin otros ojos que la ciclópea pupila de neón que iluminaba, sórdida, la visera del casco. Casco a prueba de derrumbamientos y tan sólido que bastaba un testarazo para hendir las más duras rocas subterráneas. Cubríase los Zapadores con holgados uniformes del triste color del polvo. Podían henchirse a voluntad y ofrecer entonces una elástica, elusiva e irreductible resistencia a las imprevistas contracciones del subsuelo. Los bombachos pantalones se ajustaban en los tobillos bajo la caña de una especie de escarpines de acero que permitían a los Zapadores el lujo de convertir sus coces en un trabajo rápido y eficaz de horadación.

       A los hombres que trabajan bajo la tierra, les amenazan muchos peligros: el más grave entre ellos, la exudación de gases mefíticos que corroen los pulmones, hinchan los vientres, hacen saltar de los ojos lágrimas de icor amarillo u oxidan la sangre.

       Pero el Difunto fue más cauto que el minero más viejo. Sabía las vías del gas; conocía los lagrimales del agua; presumía de petrógrafo, pero no creía en la belleza de las estalactitas y opinaba que nada es tan peligroso para un hombre bajo la tierra como el enternecerse mirando, en la oscuridad, los ojos de carbunclo de una rata que hacen pensar inesperadamente en la alegría de una ventana contra cuyos cristales golpea el sol en su poniente.

       Para contrarrestar aquellos riesgos, para inmunizar a sus Zapadores, el Gran Brujo recurrió a la contramagia, dotando a sus criaturas del propio poder que las amenazaba. En las entrañas de la tierra, en el laberinto oscuro de sal, hierro y marmaja, los hombres de cuerpo elástico y de pupila de neón emanaban su propio grisú aterrorizando a la misma roca. E iban quedando inertes, yertos, a su moroso paso los dulces topos de azulada pelambre, las gordas o escuálidas ratas que también son dulces en su mirada pesquisidora, los acorazados armadillos que son tímidos y de entraña tan blanda como áspera su apariencia; los hurones de aguzado hocico y rosados deditos de niño; las golosas mangostas cubiertas de ceniza. Y todas las bestias que son blandas, babosas y asustadizas.

       De manera que cuando los Zapadores del Gran Destructor abrían bajo la tierra la mina que los condujera sorpresivamente hasta los campamentos enemigos o a los centros vitales de las ciudades asediadas, su furor bélico se veía permanentemente estimulado por la taciturna hecatombe de las furtivas bestezuelas miopes.

       Ahora, los Zapadores avanzaban sorda, pesada y lentamente por la avenida, abriendo un túnel en la niebla y la lluvia para que desfilasen, tras ellos, los Territoriales.

       Los cascos de éstos eran también de acero. Pero estaban barnizados de verde, y de noche se encendían con breves chispas que imitaban ingeniosamente el luminoso parpadeo de las luciérnagas.

       Por obra de minuciosa selección, los rostros de los Territoriales eran idénticos entre sí, como cabezas intercambiables: grandes peras sin gracia, lívidas y pecosas; con ojos planos, incoloros y acuosos, como dos leves magulladuras. Narices y boca desaparecían bajo el dispositivo antigás que se desprendía de las ocultas barbillas a manera de una rugosa trompa de paquidermo.

       Los uniformes de los Territoriales eran de una tela vegetal del color de la hojarasca podrida y la purriela. Algún insidioso atractivo tendrían estos uniformes para las bestias del campo, pues cuando los Territoriales andaban en campaña o realizaban batidas contra los bandoleros que contradecían el Nuevo Orden, corderillos, liebres, terneras y cabras les andaban a la zaga, tratando de mordisquear en sus belfos felpudos y sus anchos dientes lucientes la tela color de hoja muerta. Y cuando los Territoriales fingían yacer entre los pastos o en los rincones nemorosos como grandes coágulos de purriela, no tardaban en precipitarse sobre ellos minúsculas hordas de hormigas color de minio; regimientos de escarabajos preciosamente caparazonados de acero azul, de llameante cobre, de oro quemado, y zigzagueantes vanguardias de lagartijas. Y moscas multicolores danzaban frenéticamente sobre ellos con su música de pífanos diminutos. Pero toda bestia del campo pagaba con la vida aquel breve contacto con el uniforme de los Territoriales. Que así cumplían con la táctica de la "tierra arrasada". Y satisfacían los ocultos pruritos del Gran Matador.

       A respetuosa y precavida distancia del furgón cinerario —pesado de alegorías pero aligerado por cimbreantes penachos— marchaba modosamente, morosamente, la Administración.

       Sobre el negro mate de las levitas y el luciente negro de los sombreros de copa, las negras setas chorreantes de los paraguas. Y rumiaban negros pensamientos los fúnebres viudos del Gran Ausente. Rumiaban sus enlutadas ambiciones y sus tenebrosas esperanzas.

       A la cabeza de ellos, envitelado, azorrado y magro, el Canciller. Henchido de su propia importancia; regodeándose ya en los excesos de su boda inminente con el Poder; aventajando ya en la imaginación las proezas de su amo; completando ya la lista de los lenguaraces enemigos del Estado; planeando ya más rápidos, radicales y discretos planes de unificación nacional; inventariando ya los vicios y las fallas de su predecesor para comenzar la demolición de sus estatuas e iniciar la erección de las propias; celebrando ya la consumación del universal silencio que justificase finalmente su sordera; preñado ya de su propia gloria; otorgándose ya a sí mismo con graciosa munificencia, los títulos de Prócer, de Pacificador, de Pater Patriae.

       Y convergían sobre su nuca, sus hombros y su espalda, las flechas furtivas que disparaban los lagrimeantes ojos de sus colegas.

       Que, por ir embebecidos en el balance de pérdidas y ganancias que para cada uno significaba aquella muerte, daban tan cual traspié sobre la avenida más ancha y más larga del mundo.

       Había quién se preguntaba si se perfeccionaría o no aquel contrato; quién recelara de la lealtad futura de sus secuaces; quién temiera no ser ya bastante temible; quién por primera vez dudara de haber sido infalible; quién quisiese hablar espantado de que nadie hablase antes que él; quién sintiese sobre su pecho todo el peso de aquel ataúd de plomo y el peso de millares de cajas de pino y el gravamen de millones de paletadas de tierra.

       Pero había también quien se prometiese que el puesto vacante sería para él; quién juzgara que ya era hora de que el Viejo dejase el pienso para mandíbulas más sanas y voraces; quién creyese que todavía estaba por cumplirse la Gran Reacción quién hiciese cuentas de lo que le debían los cuadros de mando de las fuerzas armadas del difunto Burundún; quién contabilizase en su favor las bendiciones de las Iglesias Unidas; quién pensase ser capaz de aquella ablación física de las lenguas ante la cual retrocediera el propio Disector; quién de nuevo soñase con la única amapola que puede ser tronchada de un solo tajo.

       Los Grandes Acólitos del Silencio —taraceados de recelos, mechados de pavores, rellenos de ambiciones, zajados por la duda, roídos por la codicia —, sin poder hablarse, odiándose y temiéndose, se apretaban unos contra otros hasta formar —negras levitas opacas, negros tubos relucientes, negros paraguas llorosos— una negra gelatina que era como el espeso reguero que dejara detrás de sí el pomposo furgón del Reformista.

       Marcialmente, tras la Administración venía el Estado Mayor. ¡Qué henchidos pechos! ¡Qué altaneras cabezas! ¡Qué fulgurar de estrellas y de cruces!

¡Qué esplendor de bandas y charreteras! ¡Qué cintilar de galones y botones! ¡Qué airones sobre los cascos! ¡Qué emblemas en los cuellos y en los puños! ¡Qué llameantes listas en los pantalones, qué luces en el charol de las botas, qué girar  de astros en las espuelas!

                                                                        ¡Qué sueños de dahomeyanos!

                                                                        ¡Qué borrachera de matanceros!

                                                                        ¡Qué ambición de mahoríes!

¡No lograban la neblina y la llovizna empañar el lustre de aquellos mosaicos

                                                                                                         vivientes!

       Otra cosa era el verlos por dentro.

       Ninguno de aquellos negros espantajos que echaba las cartas sobre el cadáver del Gran Burundún-Burundá, sospechaba siquiera la cínica malicia con que el Mistificador convirtiera a unos presuntos guerreros en puercos contrabandistas; a unos héroes de profesión, en asesinos a sueldo; a unos mílites, en guindillas; a unos mantenedores del honor, en chulos del Poder.

       Como el escarabajo mierdero, desfilaban ahora los Mariscales, los Generales, los Coroneles, los Capitanes haciendo relucir y crepitar sus abigarradas corazas sobre la nauseabunda bolita que el Insigne Burundún-Burundá pusiera en juego para cebarlos y engañarlos.

       ¡Y temblaba el suelo bajo su paso marcial!

       A cuyo ritmo y amparo quisieran concertar el suyo los dolientes que venían a sus espaldas.

       No gustaban éstos de la ostentación y huían de la diferencia. Su luto era el gris. Su nombre S.A. Su hostia el cupón. Su amor el dividendo. Su clima la autoridad. Su orgullo, el haber sido precursores del Orden Mudo.

       Sí, tendrían que reconocerles que habían sido los primeros en impedir que se propalasen esas cosas indecentes que los hombres se dicen entre sí cuando les pesa, al anochecer, el alma: que se quedó el vecino sin empleo porque farfulló unas palabras; que en el pueblo de fulano no se vende más leche porque no pagan los nuevos precios; que en la fábrica de preservativos exigen el certificado de comunión para entregar el sobre de la paga; que el chico de la zutana lo mataron en la guerra remota en que los dragones de papel se engullen a los aviones de bombardeo; que en las tierras del estaño, o del salitre, o del petróleo, o del café, o de la bauxita, o del platino, o del uranio, mueren de inanición tantas gentes  como puntos suben las acciones.

       Desfilaban las grises tropas S.A., entrecruzados los dedos de las manos, haciendo con los pulgares un infatigable molinete, preguntándose una y otra vez quién sería el mejor candidato para que rematase cabalmente la genial reforma iniciada por el Gran Burundún-Burundá.

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